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HENDERSON-MILSTEIN
Si por algo ha resultado fecundo el concepto de resiliencia -entendido como la capacidad para recuperarse y sobreponerse con éxito a la adversidad- es porque ha logrado desplazar el modelo médico basado en la patología para aproximarse a un modelo basado en la construcción de fortalezas internas. Se trata de una revolución que no atañe solo al saber médico: en el campo educativo, pensar en términos de resiliencia implica poner el foco en la adquisición y desarrollo de competencias y facultades, en los puntos fuertes y no en los deficit. Algo no tan simple si tenemos en cuenta las situaciones de riesgo a las que se hallan expuestos tantos niños y jóvenes: la pobreza crónica, el abandono, el estrés prolongado, los traumas producto de diversas situaciones de violencia, la drogadicción o el alcoholismo de los padres, etc. Los estudios indican, sin embargo, que aquellos niños que han generado un comportamiento resiliente, es decir, que han podido sobreponerse a esas experiencias negativas fortaleciéndose en el proceso, han contado con alguna persona, ya sea de la familia extensa o de la comunidad, con quien lograron establecer un vínculo positivo. Es aquí donde el rol de la escuela, y en particular el de los docentes, adquiere todo su valor y su complejidad.
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